Un embudo no es un dibujo bonito de presentación. Es el camino real que recorre una persona desde que ve tu anuncio hasta que paga: primero mira, luego se interesa, y al final actúa. En cada paso se queda gente por el camino, y eso es normal: el embudo solo pone nombre a por dónde entran cien y por dónde salen tres.
Verlo así lo saca del terreno de la suerte. Si de cada cien clics compran dos, no es mala racha: es que en alguna pantalla del camino la gente se marcha. Y casi siempre se marchan en las dos mismas: la primera pantalla que ven, porque no entienden qué les ofreces, y la pantalla de pago o formulario, porque les pides demasiado. Esas dos son las que arreglaremos con cariño.
Un embudo bien montado trabaja solo: el clic entra por arriba y baja sin que tú empujes. Eso es lo que te devuelve el tiempo — la máquina vende mientras tú estás en otra cosa.
En este curso lo montamos pieza a pieza: primero el embudo entero, luego la página que convierte, y al final dónde se cae la gente y cómo taparlo. Empezamos.