Miras a los que triunfan en redes y parece que la fórmula es bailar, enseñar el coche o fingir una vida perfecta. Así que lo intentas, te da vergüenza, no consigues nada y lo dejas. Normal: estabas copiando lo que no funciona.
El postureo entretiene un segundo y se olvida. Lo que hace que alguien te siga, te recuerde y te compre es otra cosa mucho más aburrida de nombrar y mucho más rentable: que le seas útil, otra vez y otra vez. Enseñas algo que sabes, resuelves una duda, muestras tu trabajo. Sin disfraz.
Nadie contrata a quien baila mejor. Contrata a quien parece que sabe de lo suyo. Y eso se demuestra ayudando, no actuando.
La buena noticia para quien odia la cámara: la utilidad no necesita tu cara ni tu vida privada. Necesita lo que ya tienes en la cabeza. Lo malo del postureo, además, es que te ata: hay que alimentar el personaje cada día. Un sistema de contenido útil, en cambio, te deja libre.
Empezamos por la decisión que ahorra más tiempo de todas: en qué red estar. Porque no es en todas.